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Bridget Jones. Loca por él, de Helen Fielding

sábado, 5 de abril de 2014


Autora: Helen Fielding
Editorial: Planeta
ISBN: 9788408121657
Páginas: 475


Sinopsis
¿Qué haces cuando tu amiga cumple sesenta años el mismo día que tu novio celebra los treinta? ¿Está mal mentir sobre tu edad en una web de citas? ¿Es moralmente incorrecto ir a la peluquería cuando tus hijos tienen piojos? ¿Es normal ir perdiendo seguidores cuanto más tuiteas? ¿Es lo mismo irse a la cama con alguien después de dos citas y seis semanas de sms que casarse después de dos citas y seis semanas intercambiando cartas, como en la época de Jane Austen?
Única, inconfundible, inteligente, divertida, extraordinaria y absolutamente inolvidable.



Reseña de Rustis

En el imaginario colectivo, Bridget Jones pasa por ser uno de los iconos generacionales de los 90. Un icono que, en cierta manera, convirtió a las treintañeras de la época en chicas un pelín adictas a lo que entonces era novela romántica, así sin más ajustes, y hoy llamamos “chick-lit”, aunque a mí no acabe de gustarme esto de crear términos genéricos nuevos (y menos cuando nos obligan a hacerlo, sí o sí, en inglés).
Más allá de las etiquetas generacionales y genéricas, recuerdo aún las muchas críticas que aquellas dos primeras novelas de Helen Fielding recibieron, por ser tachadas de productos de consumo rápido, sin profundidad, y sin mucho que aportar a la literatura. Como siempre, discutiendo lectores contra críticos, editores contra lectores, lectores unos contra otros... como si esto de la literatura debiera ser reducido a una guerra incivil entre “mayores” y “menores”. A Bridget, claro, le caía el apelativo pequeño, pese a que las numerosísimas ventas de las novelas hicieron que fueran llevadas al cine, con muchísimo éxito y, si cabe, con más aún que los propios libros. De repente, se dio uno de esos fenómenos en los que los protagonistas de una novela cobraban vida con tal fuerza, que a nadie se le ocurrirá jamás pensar que Jones no tiene la cara de Zellweger, o que Mark Darcy no es mi adorado Colin Firth. En suma, el producto funcionó en muchos sentidos, y me resulta molesto continuar advirtiendo a quienes me conocen de que mi formación académica dista mucho de convertirme en una terrorista intelectual que solamente lee a los grandes clásicos. Bridget Jones es una de mis heroínas. Lo es más Elizabeth Bennet, por ejemplo; pero Bridget es la heroína moderna de las -muchas, me temo- mujeres que nos sentimos, en tantos momentos de la vida, atrapadas por un universo de bellezones televisivos, que creemos que metemos la pata demasiadas veces, que nos vemos inútiles un día, para convertirnos en las reinas del mundo al siguiente; y que somos caóticas, en todo.


Así sigue siendo Bridget Jones en esta tercera entrega esperadísima por sus seguidores. Pero algo en el tono del libro, especialmente en las primeras páginas, ha cambiado, y esto puede provocar que quienes esperan más de lo mismo se sientan, al principio, defraudados.
Tranquilos. No hay nada malo en ello.
Simplemente, la protagonista es ahora una mujer viuda de 50 años, que debe criar a sus dos hijos sola, y que se ha pasado varios años enclaustrada en su vida de ama de casa amargada por el “abandono” de su Mark. No es de extrañar: he visto a muchas lectoras ofendidas por la muerte de Colin -digo Mark Darcy-.
Pero este punto de dolor le viene bien al personaje, y a la historia, pues ahora todo ese torrente de humor, frenesí y caos, no es solamente producto de la frivolidad de una Bridget deseosa de encontrar novio, o marido. Ahora estamos ante una mujer que ha sufrido, que guarda profundas heridas, y que decide, en un momento dado, sacar la cabeza, asomarse al mundo, y ver si encuentra algo -en forma de hombre, por supuesto- que le guste.

Y lo que encuentra Bridget es que la realidad, después de los 90, ha cambiado en algunas cosas, pero en lo básico sigue siendo igual de superficial: si eres mujer y pasas de los 40, no eres nadie sin un toy boy; tampoco eres nadie sin pantalones de pitillo, o sin un foulard a juego con tu blusa; no eres nadie si no te enteras de que la moda de ayer, hoy ya está pasada; y, evidentemente, careces de vida si no tienes una cuenta en twitter y no pasas horas delante del correo electrónico. En el fondo, muchas cosas que marcaban la historia de Bridget Jones en las dos primeras novelas siguen vivas, como su deseo de encontrar alguien que la quiera, sus maravillosas amistades, la divertida relación con Daniel Cleaver, o su obsesión por los kilos y la cantidad de alcohol ingerida. Sigue también su estructura en forma de diario, sencilla y ágil; el tono fresco, y despreocupado con que se cuenta casi todo. Y el humor: sin duda, lo mejor es el sentido del humor con que nos plantamos frente a la vida de Bridget. Impagables las escenas en que se sienta a mirar su cuenta de Twitter esperando que, milagrosamente, broten los seguidores. Carcajada tras carcajada, avanzamos con agilidad a lo largo de estas nuevas aventuras.

Helen Fielding


Pero también tenemos añadidos, novedades que aportan algo más y que enriquecen la historia que, para mi gusto, se había quedado estancada en el segundo volumen: los niños de Bridget Jones adquieren un fantástico protagonismo, el mismo que su madre les da como centro de su vida. Y, con ellos, entra la ternura en la historia, y entra también esa observación privilegiada que hacemos de una mujer en apuros que, no sin lamentos, es capaz de sacar a sus hijos adelante sin que estos noten, apenas, la ausencia de su padre.

Ternura y humor son las dos claves de la nueva Bridget: el segundo, como extensión de lo que ya conocíamos. La ternura, como regalo nuevo. Una protagonista más reflexiva, pero igualmente torpe. Una entrañable metepatas que nos hace pasar volando las horas.  


Agradecemos a la editorial Planeta el envío de este ejemplar.

Niños en el tiempo, de Ricardo Menéndez Salmón

martes, 4 de marzo de 2014


Niños en el tiempo

Autor: Ricardo Menéndez Salmón
Editorial: Seix Barral
ISBN: 9788432221019
Páginas: 219


Sinopsis
El final de un matrimonio narrado a través de la muerte del hijo, el relato de una posible infancia de Jesús y el viaje a una isla de una mujer que ha de tomar una decisión trascendental son tres fragmentos de una misma historia que apunta directamente al corazón: la del hecho tan maravilloso como enigmático de que siempre, de un modo u otro, la vida se abre camino.



Reseña de Rustis

Demasiado tiempo he tardado en leer a Ricardo Menéndez Salmón: ahora pugnan por salir de mi cabeza dos reseñas a un tiempo, y las sensaciones que generan ambas, son tan duraderas pero tan diferentes, que resultaba difícil incluso decidir por dónde empezar. Comienzo, entonces, por el que ha sido su último proyecto, que por lo que vislumbro aquí y allá todos los días, no está dejando indiferente -y para bien- a nadie.

Menéndez Salmón ha sido, para mí, uno de esos narradores que siempre me recomiendan y siempre, por una u otra causa, acababan quedando postergados. Y eso que las voces que me invitaban a conocerle eran más que autorizadas pero -y no lo digo con ánimo de justificación- parece que yo misma, sin saberlo, estaba esperando a comenzar por aquí, por este final-de-momento llamado Niños en el tiempo.

Calificar de arriesgado este libro se me queda corto como adjetivo: es arriesgada la estructura, pero lo mismo sucede con cada historia. Tres en total. Como si estuviéramos ante una pequeña colección de relatos. Pero, ojo a aquellos que os hayáis parado aquí porque no sois afines al género narrativo breve: Niños en el tiempo es una novela, aunque con la particularidad de que aparece constituida por tres relatos, aparentemente independientes, que cobran sentido y unión al llegar al final de la obra. Es, entonces, después de la primera lectura, cuando volvemos mentalmente sobre todo lo acontecido, ordenamos lo experimentado, y vamos otorgando más y más sentido al texto. Así, Niños en el tiempo tiene la virtud de crecer, reformularse y llenarse de sentido con el paso de los días, de las semanas. Y me atrevo a afirmar con rotundidad que esta novela tiene la vocación de colocarse, en un futuro y con la debida perspectiva, en un rincón bien alto de nuestra narrativa.

Conserva la virtud de lo que es único, diferente. Leo una y otra vez cómo se define a Menéndez Salmón como el mejor narrador de su generación, o como uno de esos pocos lobos solitarios que transitan en el complejo y excesivamente lleno mundo de la novelística actual. Y corroboro que dos lecturas, dos obras han sido suficientes para observar que su propuesta de escritura no se asemeja a ningún otro autor, que su aliento narrativo es totalmente personal y que -agradecida, inmensamente- compruebo que sería incapaz de someterle al abrigo de ninguna generación literaria concreta, ningún grupo, ningún lugar de afinidades elegidas o no elegidas. Menéndez Salmón es, a mi juicio y de momento, un ser literario totalmente único.

Hablaba antes de propuestas arriesgadas, y me refería a esa envoltura de relato que acaba convirtiéndose en toda una auténtica novela, con costuras firmes y sin poros; vuelvo ahora al mismo calificativo al rememorar las historias elegidas por el autor. La niñez es el motivo originario de las tres, aunque sean tres miradas diferentes: el niño que muere, el niño-mito, el niño no nacido. Tres miradas a un asunto más que trillado en la historia de la literatura, pero que probablemente no hayamos visto tratado en este tono, ni con esta maestría, en ninguna otra novela anterior.

Ricardo Menéndez Salmón


La historia del matrimonio frustrado y destruido por el fallecimiento del hijo se cuenta con un lenguaje preciso, limpio, sin florituras ni vueltas innecesarias, diría que descarnado si ello no significara, en parte, un designio de dramatismo que no acoge, ni con mucho, esta novela. Es lo descarnado de una prosa absolutamente limpia, que nos deja otear el sentimiento de agudo dolor de los protagonistas sin entrar en más análisis que la contemplación pura del que pasa por ser, probablemente, el peor acontecimiento que se puede vivir. La muerte del hijo queda aquí mostrada, sin patetismo y sin excesos, pero con precisión modélica. Observamos sin inmiscuirnos pero, precisamente por ello, notamos, casi palpamos el dolor de los protagonistas. Sin respiro, pasamos a una segunda historia donde el tono claramente avanza hacia lo mítico, transita hacia una especie de nebulosa en que se inventa y se regala una infancia a Jesús; ese ser que, aun siendo uno de los bebés más relevantes de la historia, parece no haber disfrutado de una verdadera niñez. Menéndez Salmón crea esa infancia al niño, se la regala convirtiendo lo no contado en algo que parece verdad pero que, aun así, conserva el espíritu de magia, de mito, casi el regusto épico. Y, finalmente, un nuevo giro hacia un lenguaje de ensoñación, un ambiente mediterráneo, una isla y una peculiar pareja que nos narrarán, sin saberlo, el porqué de toda esta historia. Por qué Jesús, por qué el niño muerto, por qué el matrimonio roto, por qué esta novela.

Leer Niños en el tiempo es, en sí mismo, un ejercicio de aprendizaje. Aprendemos a leer la novela al mismo tiempo que avanzamos en su lectura. La imagen del niño como punta del iceberg del dolor, pero también del renacer, es lo que nos queda. Y, al fondo, la de la literatura como sustancia que puede explicarnos la vida, pero que no puede superarla. La escritura como terapia, la lectura como descubrimiento y Menéndez Salmón, en un plano alto, revelándose como el mejor narrador español que he tenido el placer de disfrutar en mucho tiempo. Obra maestra, esta historia de Niños en el tiempo.
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