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Quinto grado en Torres de Malory, de Enid Blyton

jueves, 16 de febrero de 2017


Autora: Enid Blyton
Traductora: Mireia Rué
Editorial: RBA
ISBN: 9788427203044
Páginas: 242



Las alumnas preparan una obra de teatro. Cenicienta, escrita por Darrell, con Gwen (¿o será Maureen?) como Cenicienta. Siguen las clases, las riñas y las bromas en la vida ajetreada en Torres de Malory. (Sinopsis de la editorial)

Que Boolino te ofrezca para reseñar en el blog un libro que ha sido clave en tu infancia es de lo más agradable. Es muy raro en mí releer libros, pero cuando era pequeña sí que lo hacía, y precisamente las sagas de los internados Torres de Malory y Santa Clara creadas por Enid Blyton fueron de los libros que más veces leí a lo largo de mi niñez.

Empezando ahora este Quinto grado en Torres de Malory recordé en cierta medida lo que sentía cuando era niña al abrir estos libros: casi todos comenzaban con las niñas protagonistas llegando en coche por la carretera de acceso al colegio. Cuando divisaban las torres que dan nombre al internado, tanto para ellas como para mí suponía una emoción muy grande pensar qué sucedería en ese curso que estaba empezando. Daba igual que ya lo hubiera leído mil veces: siempre sentía esa emoción.

Este volumen de Torres de Malory se centra sobre todo en la preparación de una obra de teatro que las chicas van a representar al final del curso. Darrell, Sally y las demás están muy ocupadas escribiendo, haciendo los decorados, componiendo las canciones para la obra..., pero también hay tiempo para bromas, enfados, mensajes secretos, y muchas cosas más. Tenía miedo de que cuando volviera a leer este libro no me pareciera lo mismo que cuando lo hacía de pequeña, pero aunque obviamente las sensaciones no son iguales, me sigue pareciendo de lo más divertido y adecuado para el público infantil.

Enid Blyton
Mis tomos preferidos de Santa Clara y Torres de Malory eran los de los primeros cursos, cuando las alumnas eran más pequeñas, porque sus trastadas y travesuras eran más habituales. Como se ve en este quinto curso, las alumnas mayores ya son más responsables, pero quizá por ello Enid Blyton iba introduciendo personajes de hermanas o primas pequeñas que podían aportar ese toque de inmadurez tan divertido.

Aunque yo eché de menos las ilustraciones de la antigua edición, debido a la nostalgia, claro, he de decir que los dibujos de estos nuevos libros son geniales, describen de forma perfecta lo que va sucediendo y creo que pueden conectar mucho mejor con los niños del siglo XXI.

He querido hacer un experimento en casa dejándoles el libro a mis hijos a ver si disfrutaban de él igual que yo. Mi hijo pequeño, al que pensé que le iba a gustar mucho, me lo devolvió cuando iba por el capítulo dos porque ya no le apetecía leer más. Mi hijo mayor, de trece años, al que pensé que no le gustaría, se lo leyó en dos noches y me dijo que le había encantado. Resultado: no sé qué pensar de mi experimento, pero sí que tengo claro que estas historias pueden seguir funcionando si los padres y madres intentamos transmitir a nuestros hijos el cariño que sentimos por Darrell, Sally, Alicia y todas las demás.






No tenía ni idea de que había una serie de dibujos animados sobre la serie de libros de Santa Clara, el otro internado creado por Enid Blyton. Pues resulta que está en youtube, y aunque se emitió en catalán, hasta tiene subtítulos en español. Aquí tenéis a las gemelas O´Sullivan en acción.


La ratonera, de Agatha Christie

lunes, 12 de diciembre de 2016

La ratonera
Autora: Agatha Christie
Traductores: Manuel Broncano y Alberto Fuertes
Editorial: Vicens Vives
ISBN: 9788431690908
Páginas: 118
Tras haberse cometido un asesinato en Londres, el sargento de policía Trotter se presenta en un pequeño hotel alejado de la capital y aislado por la nieve para advertir a sus moradores que el asesino está a punto de llegar con el propósito de cometer otro crimen. Nadie parece dar crédito a las palabras del agente, pero, cuando uno de los huéspedes es asesinado, todos comprenden, alarmados, que el criminal se encuentra ya en el hotel y debe ser uno de ellos... De hecho, algunos personajes se comportan de un modo extrañamente excéntrico y casi todos tienen algo que ocultar, un pasado con experiencias traumáticas que los atormenta hasta el punto de convertirse en una carga demasiado pesada. (Sinopsis de la editorial)

He leído La ratonera, de Agatha Christie, a través de esta edición de Vicens Vives en su colección "Aula de literatura", orientada hacia el público juvenil. Por esta razón, y aunque no puedo dejar de mostrar que mis impresiones son debidas a mis muchas lecturas previas de esta autora, trataré también de comentar los valores que este tipo de teatro puede aportar a un adolescente.

La ratonera es la obra teatral más representada de la historia, con un éxito enorme de público desde los años 50 tanto en su tierra de origen, Reino Unido, como en el extranjero. Pocos autores son capaces de lograr los números mareantes que se manejan cuando hablamos de Agatha Christie; pero es que esta mujer supo dar con las claves de lo que el público necesitaba en cada momento y, sobra decirlo, no sólo en sus novelas y relatos, sino también en los textos teatrales, ha sido capaz de contener pequeños resortes universales que no han dejado de pasar de moda con el tiempo. En este caso, Christie opta por la estructura clásica del texto teatral, sin mayores estridencias: tres actos configurando un resultado que en el plano textual es muy breve y de lectura rápida, dejándose de todas formas todos los detalles reflejados en las acotaciones. Resulta, finalmente, una obra en la que se palpan muchas de las características más representativas de la literatura de la gran dama del crimen. La ambientación que se describe es puramente realista, contenida toda ella en una mansión inglesa durante los años 40: Monkswell Manor, edificio convertido recientemente en casa de huéspedes, es abierto por los señores Ralston quienes, durante una fría noche de invierno, abrirán por primera vez su establecimiento para recibir a los huéspedes.

Agatha Christie

Como habitualmente sucede en muchas novelas de Christie, el espacio elegido forma parte protagonista de la historia que se cuenta: en este caso, y aunque frente a los lectores (público) solamente veremos la entrada y uno de los salones de la casa, a través de los movimientos de los personajes y de sus conversaciones nos haremos un pequeño mapa mental del edificio, esencial en nuestras pequeñas pesquisas a lo largo de la trama. El momento elegido además, una noche helada de invierno durante la cual la fuerte nevada provoca corte de carreteras y aislamiento en algunas zonas, contribuye a presentar Monkswell Manor como una pequeña jaula en la que los dueños del hotel y sus huéspedes se verán irremediablemente atrapados. De algún modo, y hasta que se produzca el aislamiento definitivo, el único contacto que tendremos con el exterior será el sonido de la radio, el teléfono y, en cierto modo, el personaje del sargento Trotter, pues se incorpora a escena más tarde que todos los demás y se convierte en el mensajero que explica las terribles noticias: las investigaciones para esclarecer el asesinato de una mujer han llevado a la policía a fijarse en este lugar, en el que se cree que el criminal se esconde. A partir de ese momento, comenzarán las habituales sospechas, los secretos desvelados paulatinamente y las confusiones de personalidades, al tiempo que se acelera nuestra lectura por el deseo constante de saber. Todo ello, de nuevo en un guiño a una de las técnicas preferidas de la autora, decorado con la canción infantil "Tres ratones ciegos", una típica melodía inglesa que preludia los acontecimientos de la historia y los dota de un carácter aún más macabro.

La edición de Vicens Vives, cuidadamente ilustrada, de letra grande y acompañada de una ligera introducción y una pequeña guía de lectura final, está pensada para la lectura juvenil de un texto perfectamente apreciable por los jóvenes entre 13 y 18 años. Cabe pensar en esta obra teatral como un primer acercamiento al género de los detectives pues, he de reconocer, a quien lleve en su mochila un gran bagaje de lecturas "criminales" y, sobre todo, pertenecientes a esta autora, la trama puede resultarle descafeinada por la similitud con otras historias y el conocimiento de muchos resortes y giros argumentales. Sin embargo, es obvio que los jóvenes no acostumbrados a esta narrativa encontrarán un libro muy sencillo y rápido de leer, un auténtico "page-turner" que funciona en cualquier momento en que se lea, algo que aseguran las innumerables representaciones del mismo que se han realizado a lo largo de la historia. No son esenciales las cuestiones presentadas en la guía de lectura, pero sí resultan buenas ideas para algún profesor inteligente que sepa emplearlas como base para un pequeño análisis junto a los alumnos. Al menos, a través de ellas, se pueden comprender los mecanismos básicos del texto teatral, los medios narrativos de creación de suspense y las posibilidades representativas.

Una buena propuesta para amantes del género pero, sobre todo, para quienes desean una historia agradable y rápida que llene una de esas frías tardes que tantas veces nos piden un libro, una mantita y un té inglés.






Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela

viernes, 10 de junio de 2016

Eloísa está debajo de un almendro
Autor: Enrique Jardiel Poncela
Editorial: Vicens Vives
ISBN: 9788468212722
Páginas: 192
La estética renovadora del humor de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952) alcanzó una de sus mayores cimas con Eloísa está debajo de un almendro (1940). En esta hilarante comedia, el dramaturgo madrileño reaccionó frente al humor ramplón y casticista del chiste fácil y el lenguaje vulgar, y optó por un humor basado en la inverosimilitud de las situaciones y en la abigarrada escenografía, como resulta bien patente en el primer acto de la obra, una pieza antológica del teatro cómico. Fascinado por los relatos de detectives, Jardiel decidió añadir a su comedia el misterio, la trama policíaca y el carácter singular e imaginativo de sus personajes protagonistas. La hábil combinación de todos esos ingredientes lograron convertir esta obra en la más representativa y lograda de su autor. (Sinopsis de la editorial).

Durante años y años me he estado preguntando qué demonios hacía Eloísa debajo de un almendro. También durante años y años mi vida lectora se ha desarrollado sin que ninguna obra de teatro se cruzara en mi camino. Y no sé realmente cuál ha sido el motivo, porque en mi infancia me encantaba leer teatro. Cuando estudiaba EGB, tuve la suerte de tener una excelente profesora de lengua que nos hacía leer cada trimestre, más o menos, una obra teatral en clase. Me gustaba tanto, que cuando llegaba a casa reclutaba a mi abuela y a mi hermana y juntas leíamos teatro; lo mismo nos servía una obra de Buero Vallejo, que una comedía de Moratín o una tragedia de Shakespeare, disfrutábamos muchísimo con todas (aunque dudo mucho que las entendiésemos del todo).

Con estos antecedentes, lo extraño es que hasta ahora no haya retomado estas lecturas, pero me alegro mucho de que mi vuelta al teatro haya sido para averiguar, de una vez por todas, quién era esa famosa Eloísa del almendro. Se puede decir que esta obra es una comedia, pero también tiene muchos elementos de misterio e investigación. Mi encuentro con el humor de Jardiel ha sido totalmente positivo, porque el humor absurdo es el que me hace reír, el que me convence del todo, y Eloísa está debajo de un almendro es puro humor surrealista. Jardiel está muy lejos del típico humor del "caca, culo, pedo, pis" o del chiste fácil, y lo he agradecido mucho porque aunque a mí es muy difícil hacerme reír con un libro o una película, este autor lo consigue totalmente.

Lo que más destacaría de la obra son sus personajes y la ambientación. Los protagonistas son presentados en un prólogo que sitúa la acción en un cine. Allí, el contraste entre la sofisticación de los personajes principales y los demás espectadores de la sala es enorme, y creo que Jardiel sitúa a gente de clase más baja(que no volverá a aparecer más adelante) para contraponerla a Mariana y a Fernando y así hacer que aún destaquen más por su peculiaridad. En este prólogo tiene lugar una de las escenas más hilarantes de la obra: una mujer, su marido y un amigo hablan durante líneas y líneas únicamente mediante refranes:

"¡Ahí le duele! Claro que agua pasá no mueve molino; pero yo me asocié con el Melecio por aquello de que más ven cuatro ojos que dos, y porque lo que uno no piensa al otro se le ocurre. Pero de casta le viene al galgo el ser rabilargo: el padre de Melecio siempre ha sido de los de quítate tú para ponerme yo, y de tal palo tal astilla, y genio y figura hasta la sepultura. Total: que el tal Melecio empezó a asomar la oreja y yo a darme cuenta, porque por el humo se sabe dónde está el fuego."

Además de Mariana y Fernando, que son la pareja protagonista y enamorada, hay que destacar a los secundarios, todos extravagantes y raros a más no poder: el padre de Mariana, Edgardo, vive en su cama pero es capaz de viajar desde allí en tren por toda España; su hermana Clotilde no se separa de sus perros, aterrada siempre por la posible llegada de ladrones a la casa familiar; Fermín, el criado, quiere marcharse de la casa porque si se queda un día más acabará igual de loco que sus patrones,... Todos ellos y unos cuantos más forman un maravilloso elenco en el que no sobra nadie y que nos divertirá continuamente con sus locuras.

La escenografía es el segundo aspecto a destacar. El prólogo y los dos actos se sitúan en tres localizaciones muy originales: el interior de un cine en el que todos entran, salen y comentan; el salón de los Briones donde no cabe un objeto más y en el que hay que trazar rutas de viaje para entrar y salir por lo abigarrado del mobiliario, y la casa de Fernando con varias puertas por las que continuamente aparece y desaparece gente. Aunque el misterio, para mí, no es lo principal de la trama, sí que hace que ésta avance sin perder el ritmo en ningún momento, y en el segundo acto todo se resuelve muy rápidamente dejándonos, cuanto menos, con una sonrisa en los labios.

No puedo acabar la reseña sin destacar la edición que Vicens Vives ha hecho de Eloísa. Dentro de la colección Aula de Literatura, el libro incluye una introducción muy interesante sobre Jardiel y su obra (recomiendo leerla al final, para que no nos desvele demasiado sobre el argumento), notas a pie de página y unas actividades al final que analizan los personajes, los temas o el estilo de la obra, lo que le dan un valor añadido y lo hacen el libro perfecto para trabajar en una clase. (Además, creo que esta lectura puede ser muy del agrado de alumnos adolescentes).

Si no habéis leído Eloísa está debajo de un almendro deberíais hacerlo, porque este libro contiene entretenimiento y diversión como pocos lo hacen. Yo ya tengo la película preparada porque, aunque tengo entendido que se centra demasiado en la relación amorosa de los protagonistas, es por ahora la única versión que puedo ver. Me queda esperar a que una compañía teatral represente la obra, y que yo esté cerca para ver la representación. Vamos, que tendrían que alinearse los astros, pero si lo hacen, allí estaré. Seguro. 











 Por supuesto, hoy teníamos que recomendar la película Eloísa está debajo de un almendro, de Rafael Gil (1943).





Elvira, de Rubén Angulo

martes, 19 de enero de 2016

Elvira

Autor: Rubén Angulo
Editorial: Lord Jim
ISBN: 9788494448102
Páginas: 107


Sinopsis
Un hombre sepultado bajo un montón de palés en el sótano de un psiquiátrico se debate furiosamente entre la vida y la muerte. Dolor, arrepentimiento, culpa, ¿locura o cordura? (Sinopsis de la editorial)

Reseña de Rustis

Hace aproximadamente un año traje a este blog mi personal lectura del primer libro publicado por Rubén Angulo, La escrituranecesaria. Comenté entonces que el autor me parecía un diamante en bruto que seguramente iría, poco a poco, dando mucho que hablar. No sé si lo podrá conseguir con esta nueva obra, Elvira, en tanto dependerá en buena medida de la capacidad de difusión de su editorial; aun así, insistiré aquí en el buen paso que está adoptando Angulo, que me confirma en esta pequeña historia lo que ya desde un principio aprecié.



Elvira es una novela corta; tan breve, que casi podríamos decir más bien que se trata de un relato. De hecho, el propio aliento narrativo con que se estructura me confirma esta cercanía con el cuento. Un inicio sorprendente, instalado en el cruce entre la sorpresa y el misterio. Un desarrollo que, aun sin resultar apresurado, va estrictamente a contar lo necesario, sin adornos ni excesos. El lenguaje del autor vuelve a ser en esta obra muy medido, muy pensado, con un estilo sobrio y de apariencia natural, pero que encierra un inmenso trabajo. Y un final abierto, que permite entrar al lector en el juego narrativo en busca de su propia interpretación. Soy asidua lectora de relato corto, y aunque Elvira puede exceder en cierto modo la extensión habitual de este género, las sensaciones que el autor ha buscado generar con su historia me colocan en una posición como receptora muy similar a la que establezco cuando me acerco a una antología de cuentos.

Un funcionario cuyo nombre desconocemos narra en primera persona las extrañas circunstancias vividas en el pasado -el cual tampoco se detalla cronológicamente-, cuando despertó tumbado en el suelo y aplastado por una pila de palés que apenas le permiten moverse. Entre la angustia y el dolor, su voz narrativa irá dejándonos entrever las razones por las que se encuentra en semejante situación aunque, constantemente, la duda se instalará en la mente del lector: ¿es cierto lo que cuenta? ¿Está loco el protagonista? ¿Está soñando? Y, sobre todo, ¿qué papel tiene Elvira en todo esto? Aunque la figura de este funcionario desconocido aparece como fuente de la historia, el protagonismo recae, sin embargo, sobre la figura femenina que da título a la obra. Elvira, una jefa extraña, voluble, malhumorada y de carácter insoportable, una maltratadora piscológica, tóxica. Esta mujer, a la que solamente conocemos a través de las palabras de su subordinado, se presenta en el juego narrativo de Rubén Angulo como la verdadera razón que da paso a la historia. Principalmente, porque desde el inicio recae sobre ella la culpa de que este hombre se encuentre prácticamente enterrado bajo un peso infame; pero también porque, sin su presencia, directa o indirecta, las variaciones sentimentales de la voz narrativa carecerían de fundamento. Me recuerda -sálvense las distancias- al poder que el personaje de Pepe el Romano adquiere en la obra La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Estamos ante una figura que representa el amor, el sexo, incluso la locura, pero que no aparece en ningún momento de manera completa en las páginas. Se reduce a alusiones, relatos en pasado, sospechas y, en todo caso, a la visión de quien verdaderamente cuenta la historia. Y, sin embargo, sin esa pieza el cuerpo de la obra carece de sustento.

Rubén Angulo


El sustrato «teatral» de este libro no solamente se me viene a la cabeza a través del recuerdo de esa figura lorquiana catalizadora de la acción dramática; en Elvira, Rubén Angulo construye una historia en la que los espacios -el espacio, en singular, más bien-, resulta imprescindible. Incluso, la adaptación a la escena sería relativamente sencilla. La silueta del funcionario aplastado por los palés se recorta en la sala oscura y olvidada de un sótano: el sótano de un psiquiátrico. En este extraño lugar se ubica, temporalmente, el archivo de la Administración en el que el protagonista trabaja. Pero la elección no es baladí: en todo momento, el hecho de ubicarse la acción en un lugar lleno de perturbados mentales juega un papel fundamental en las interpretaciones que el lector hace de la historia. Aunque el funcionario insiste en varias ocasiones en que el archivo se sitúa fuera del espacio en que los locos se mueven, conscientemente se liberan alusiones constantes a este «manicomio», así como se citan obras situadas en espacios similares (Alguien voló sobre el nido del cuco) o se muestran reflexiones acerca del choque entre la locura y la lucidez. De entre todas ellas, destaca para mí la insistencia de la voz narrativa del funcionario en referirse al carácter cerrado del psiquiátrico, como se espera de un lugar que, según sus propias palabras, «los cuerdos construyen para encerrar sus propios miedos». ¿No es esto lo que Rubén Angulo hace? ¿No está dejando cerradas, entre las paredes de este universo de locos, algunas de sus obsesiones y debates existenciales?

Esa ha sido, al menos, la impresión que la lectura de este relato me ha producido. En cierta manera, la elección de un funcionario como origen de la acción (profesión compartida por el autor real de la historia), también permite sospechar el probable matiz, más o menos grande, de autobiografía que late en estas páginas. Al mismo tiempo, nos encontramos ante la primera propuesta de una nueva editorial, Lord Jim, cuya cabeza principal es el propio Angulo. La factura privada y personal que adquiere este texto es, sin duda, cada vez mayor.

En todo caso, Elvira es un texto afortunado para cualquier lector. No por ello quiero decir que sea una historia para la que esté preparado cualquiera, pues casi diríamos lo contrario: de nuevo, igual que sucedía en La escritura necesaria, se hace patente la llamada de atención hacia un receptor colaborador, acostumbrado a entrar en el juego narrativo para llenar vacíos, sostener intuiciones y elaborar interpretaciones personales. Pero es precisamente la capacidad alusiva y elusiva de Elvira la que convierte en notable esta historia: nada se dice de manera clara. Aun cuando este desgraciado funcionario parece decidirse a contarnos las razones por las que piensa que la culpable de su ridícula situación es la propia Elvira, tendremos que contar con nuestra capacidad interpretativa para llenar de sentido la acción y elaborar una lectura personal. Al tiempo, el final abierto de la obra deja un regusto amargo en nosotros, pues pretendíamos, luchábamos en todo momento por saber la verdad, y nos quedamos nuevamente frente a esa página en blanco que nos invita a posicionarnos. Muchos días después, la lectura sigue en nosotros, y luchamos con las ganas de releer, mientras una cierta voz interior nos recuerda que esto es lo que el autor busca: la implicación, la duda, el choque entre lo real y lo ficticio, entre la duda y la razón, entre la locura y la cordura. Leed si no, al menos, el prólogo que Angulo escribe en este texto, y veréis cómo todo en Elvira, desde su ilustración «naïf» de portada, hasta el final del relato, os colocarán en un mundo de imprecisiones, vaguedades y juegos interpretativos.


¿Quién es Elvira? Os invito a conocerla. Si es que verdaderamente lo lográis...
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