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La Semana de Gabo: Resumen

martes, 18 de marzo de 2014

Parecía que no iba a llegar nunca el día, cuando os presentamos nuestra idea -bueno, mi Rustis-idea- de homenajear a Gabriel García Márquez en la semana de su cumpleaños. Y resulta que, al final, la celebración llegó tan pronto como se fue.
Qué penita.
Ya no podremos bombardear vuestras redes sociales con la palabra "Gabo".
Ya no veréis cinco veces al día el hashtag #semanadeGabo





Pero lo que sí queremos hacer hoy es agradeceros la acogida del homenaje, en forma de colaboraciones, comentarios, "megustas", "retweets" y demás ciberactuaciones. Aunque, especialmente, queremos agradecer muchísimo la presencia de algunas personas que, desde su blog personal, o desde el nuestro, aportaron su granito de arena.

Gracias a José Serralvo Pérez por su impresionante ensayo sobre "Lo real no imaginario en Cien años de soledad.

Gracias a Pedro, de "El búho entre libros", por su reseña de El amor en los tiempos del cólera.

Gracias a Teresa, de "Leyendo en el bus", por reseñar Crónica de una muerte anunciada.

Y, finalmente, nuestras dos recomendaciones personales, para que las repaséis, si es que aún no habéis podido...

Mustis, y su crítica de Crónica de una muerte anunciada y yo, Rustis, con la primera parte de una "trilogía de reseñas" sobre Todos los cuentos.

La Semana de Gabo termina aquí, pero no termina nuestra pasión por sus libros. Mustis ha prometido seguir leyéndole de vez en cuando. Yo he prometido otras dos reseñas más. Y tenemos alguna colaboración que esperamos ansiosas todavía pendiente así que... ¡¡esto no ha hecho más que empezar!!

Esperamos haber contribuido a que conozcáis un poco mejor a Gabo, al que le deseamos la mayor felicidad cumpleañera. Este homenaje va para ti, Maestro.

Todos los cuentos, de Gabriel García Márquez (I)

jueves, 13 de marzo de 2014


Todos los cuentos
Autor: Gabriel García Márquez
Editorial: DeBolsillo
ISBN: 9788490322765
Páginas: 520


Sinopsis
Este volumen reúne todos los cuentos del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. El lector encontrará sus relatos tempranos recogidos bajo el título Ojos de perro azul; los correspondientes a su madurez, del libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande, así como La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. Los relatos más recientes, Doce cuentos peregrinos, trasladan el escenario a Europa para hablarnos de la suerte de los latinoamericanos emigrados, de su melancolía y su tenacidad.



Reseña de Rustis

Reconozco que me ha costado mucho preparar esta reseña. Leer a García Márquez no es sencillo nunca, porque la riqueza de sus textos es tan enorme, que se suceden ingentes cantidades de pensamientos, anotaciones, intertextualidades y retos filológicos casi inabarcables. Sujetar todo ese magma en el espacio más o menos breve de una reseña, ya de por sí es complicado.
A ello se suma que yo soy la cabeza pensante de esta semana homenaje al Premio Nobel colombiano, y aunque este blog que mantengo junto a mi hermana es un hobby, al final la responsabilidad pesa, sobre todo si te planteas homenajear a tu autor de cabecera; en este caso a ese ser literario que ha tenido la capacidad insospechada de atraparme con todo lo que ha caído en mis manos que haya sido escrito por él. Como todos, García Márquez ha tenido sus subidas y bajadas en la escritura, y no siempre ha seguido una línea regular de calidad, pero más allá de estos parámetros, existe el gusto del lector, y por suerte o por desgracia, a mí en esta vida me ha tocado ser demencialmente enamorada de toda su escritura.

Gabriel García Márquez


Así que aquí estoy, como le he dicho a Mustis, “metida en un jardín importante”. Porque sólo a mí se me ocurre pretender reseñar todos los cuentos, así en bloque, de mi escritor favorito. Esto tenía que reventar por algún sitio, estaba claro, y ha reventado por la línea de la extensión. Así que, o bien os “deleitaba” con una reseña inmensa e inabarcable que os aburriera ad infinitum, o recortaba la cosa y repartía mis impulsos críticos en partes, para no abusar. Con todo, he decidido finalmente subdividir esta reseña en tres, considerando además que la partición guarda cierta lógica en cuanto a las fases más o menos evidentes de la escritura breve de Gabo. Este primer episodio se centrará, por tanto, en su primer libro de cuentos: Ojos de perro azul.

El volumen de cuentos de García Márquez que he tenido estos meses entre manos fue editado por el sello Penguin Random House, en su editorial Debolsillo, en junio de 2013. Tardé un día y medio en hacerme con él, habida cuenta de que era una forma económica, y en un formato de fácil lectura y manejo, de tener delante todos los relatos del autor. En total, recoge cuatro obras que guardan el maravilloso misterio de relatar no solamente lo que entre las páginas sucede. Esta colección narra, además, la historia literaria de su autor, puesto que leídos uno tras otro, cada uno de los cuentos muestra las fases narrativas, las evoluciones, las distintas estéticas de Gabo, e incluso sus irregularidades como escritor.

El primero de los libros es Ojos de perro azul, título enormemente sugerente que se corresponde, además, con el de uno de los relatos. Recoge los primeros cuentos, una etapa inicial que se gestó entre finales de los años 40 y principios de los 50. Se dice pronto, y parece mentira que desde tanto tiempo atrás estemos disfrutando de la obra de García Márquez.
Advierto especialmente de que estos relatos no son sencillos de leer, y mi sugerencia primera es que, aquellos que nunca han tenido el gusto de acercarse a la obra de Márquez, no comiencen en ningún caso por aquí, y contravengan completamente el orden cronológico.
Estos primeros cuentos son difíciles porque juegan fundamentalmente con el simbolismo, con la captación de sensaciones y la expresión densa y pura del miedo, la muerte, la oscuridad, el “yo”. Creo que “densidad” es la palabra que mejor puede describirlos. Aparentemente hay ausencia de trama, aunque por supuesto sí que se cuenta alguna historia en cada uno de ellos; sin embargo, en la mayoría, no interesa la acción en sí, sino la captación de imágenes en forma de sentimientos, de forma que está ausente toda explicación contextual: no conocemos los nombres de los personajes, su situación geográfica, el tiempo en que discurre la historia. Ningún dato más allá de ese relato intenso, breve, casi mágico a veces, de las sensaciones internas de los protagonistas.


Considero que el simbolismo es la estética que más se ajusta a estos primeros relatos, aunque un simbolismo muy trabajado, nada de simplezas que lo hagan cercano, como indicaba antes, a cualquier lector. De ahí se avanza hacia el terreno de la fantasía con facilidad, y es a ese subgénero al que, personalmente, diría que pertenecen estos cuentos.
En ellos se habla especialmente de la muerte, y en numerosos casos podemos vivir junto a los personajes las sensaciones provocadas por el paso a la no-existencia. Las frases a veces son lacónicas, en otras ocasiones más elaboradas, pero siempre guardan fielmente la expresión precisa del sentimiento que evocan. Nos angustiamos junto a los personajes, padecemos con ellos, compartimos tan vívidamente esas pequeñas historias que, a veces, la lectura continua de varios relatos resulta sofocante. Muy simbólico es también el uso del recurso del espejo, por ejemplo, para jugar a la oposición entre el “yo” y “el otro”; la vida y la muerte; lo que somos y lo que vemos reflejado frente a nosotros. En suma, crisis de identidad de los personajes, cuya vida aparece difuminada y asimilada en una atmósfera fantasmal y onírica.

Todo queda brillantemente recogido y expuesto en el relato que da título al volumen: una pareja se encuentra todas las noches en el mundo de los sueños, y solamente se reconocen cuando él pronuncia las palabras “Ojos de perro azul”. Noche tras noche, angustiosamente, deciden recordar esas palabras y buscarse al despertar, pero no lo logran. Agónico, magistral estudio acerca de las fronteras entre la realidad y el sueño, entre la vida y la “no-vida”, reflejo en sí mismo de la vida frente a la muerte.

Relatos difíciles de captar en una sola lectura, pero extremadamente ricos en matices. Un escritor, por tanto, que ya manejaba con soltura el lenguaje, aunque aún quedaría lejos el tan afamado “realismo mágico”. Pero este último, lectores, ya sabéis... en próximos episodios.

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez

miércoles, 12 de marzo de 2014

Crónica de una muerte anunciada
Autor: Gabriel García Márquez
Editorial: Debolsillo
ISBN: 9788497592437
Páginas: 137

Sinopsis
Bayardo San Román, solo unas horas después de su matrimonio con la bella Ángela Vicario, la devuelve por deshonrada a la casa paterna. La atribulada familia fuerza a la novia a revelar el nombre de su primer amante, y los hermanos gemelos de ella anuncian su intención de matar a Santiago Nasar por haber deshonrado a su hermana. Sin embargo, si todos sabían que se iba a cometer un asesinato, ¿por qué nadie trató de impedirlo?


Reseña de Mustis

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.

Así empieza este libro, de forma que con la primera frase ya conocemos su final. ¿Y esto nos hace perder el interés por lo que estamos leyendo? Nada más lejos de la realidad. A medida que el narrador nos va introduciendo en lo sucedido el aciago día de la muerte de Santiago Nasar, nos vemos cada vez más sumergidos en lo que nos cuenta; queremos saber más, pero no sólo sobre lo que Santiago hizo para merecer su muerte, sino también sobre la vida del resto de los habitantes del pueblo que poco a poco vamos conociendo. En este sentido, al principio cuesta un poco saber de quién nos están hablando, debido a la abundancia de nombres que van apareciendo en la crónica, pero pronto nos hacemos con ellos y su vida se nos hace tan interesante como la del propio protagonista.

No hay mejor título para esta novela: Crónica de una muerte anunciada no lo es sólo para los personajes porque todos menos Santiago Nasar saben que éste va a morir; es anunciada también para nosotros, los lectores, que en cuanto abrimos el libro por primera vez nos damos de bruces con tamaña tragedia.

García Márquez consigue dosificar de manera magistral las informaciones para que vayamos enterándonos de la historia muy poco a poco, pero todo lo que nos cuenta tiene interés: lo que sucede ese día, lo que vino ocurriendo en el pasado y lo que será de los personajes en un futuro se entremezcla para que los lectores saquemos conclusiones sobre cómo y por qué se desarrollaron los acontecimientos.

Tal y como le sucedía a Gary Cooper en Solo ante el peligro, Santigo Nasar se encuentra solo, nadie es capaz de avisarle para salvarle de lo que le espera. A pesar de que, a diferencia de lo que ocurre en la escena cumbre de la película de Zinnemann, en la que Cooper aparece completamente solo, Santiago está rodeado de gente en su deambular por el pueblo, es muy desasosegante comprobar que sólo él es ignorante del destino que le espera. Y esto a pesar de que los hermanos Vicario, futuros responsables de su muerte, estén deseando que alguien los detenga, que algún conocido evite que cumplan con una misión que ellos no querrían tener que realizar, pero que su conciencia y la tradición les piden que la lleven a cabo con todas las consecuencias.

Y es que, si alguna vez nos hemos preguntado si podemos escapar a nuestro destino, en esta novela se nos muestra un caso en el que esto no es posible. Y por más que sepamos ya desde el comienzo lo que le espera a Santiago, y que los acontecimientos que nos narra García Márquez nos lleven con seguridad hacia su fin, en nuestro fuero interno deseamos que el libro dé un quiebro que permita a Nasar librarse de ese destino.

Gabriel García Márquez

Además de la historia principal, al hablarnos de las gentes del pueblo vamos conociendo su forma de vida y sus tradiciones. Esto nos lleva a comprender mejor el porqué de lo que está sucediendo.

He de decir que este libro me ha encantado y que he disfrutado muchísimo de su lectura. Pero también tengo que hacer una confesión: Leí Cien años de soledad hace muchos años y me maravilló, pero por razones que ni yo comprendo no he vuelto a la obra de García Márquez hasta ahora. Sí, sé que parece un sacrilegio pero así ha sido. En mi defensa diré que con seguridad ya no dejaré pasar tantos años otra vez. Y gracias, Rustis, porque con tu semana de Gabo me has hecho volver a su obra, y esta vez para quedarme.



Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

jueves, 6 de marzo de 2014

Comienza nuestra Semana de Gabo, hoy día 6 de Marzo, fecha del 87 cumpleaños del gran maestro de las letras.
Y empezamos con su texto más grande. Con su obra maestra.
José Serralvo, autor que ya nos concedió en su día una entrevista, y del que ofreceremos pronto reseña, nos ha dado el privilegio de publicar este texto tan especial. Esperamos que os guste.



Lo real no imaginario en Cien Años de Soledad

Premios Nobel de Literatura y directores de la RAE, por no hablar de periodistas, profesores, blogueros, colaboradores de Wikipedia y una inacabable sarta de hiladores de palabras, llevan ya más de tres décadas desmenuzando Cien años de soledad, desmigajando lo histórico de sus historias, la personalidad de sus personajes, lo referente de sus referencias. Escriba lo que escriba, máxime desde que el mismísimo Llosa consagró dos años de su vida a viviseccionar la magnum opus de su ex-amigo colombiano, tarea que se saldó, por cierto, con el parto de un magnífico ensayo literario —Historia de un deicidio—, corro el riesgo de repetirme. Para soslayar ese riesgo, esta reseña, o mejor dicho: «reseña», va a obviar dos cosas. En primer lugar, no voy a hablarles del argumento. Seguro que Ustedes ya saben que Cien años de soledad narra las peripecias vitales de la estirpe de los Buendía, una familia de la Colombia rural cuyos avatares, que duran la friolera de media docena de generaciones —esto, así, bien hecho, olé, solo se le ocurre a Balzac, a Blasco Ibáñez y a dos o tres valientes más—, están íntimamente ligados al devenir de Macondo, una ciudad imaginaria, anclada en medio de en un poema de Nicanor Parra, con árboles imaginarios, ríos imaginarios, en lugares y tiempos imaginarios. Curiosamente, y esta será mi segunda precaución, tampoco voy a hablarles de lo real imaginario. Ya les he advertido que Llosa se encargó preciosamente de esa tarea, llevando su análisis hasta la última subdivisión posible, la de lo mágico, la de lo milagroso, la de lo mítico-legendario, la de lo fantástico. ¿Para qué repetirme? ¿Para qué hablarles del estilo impecable de Márquez, de la cantidad de veces que se molestó en echar mano del diccionario de sinónimos, si esto ya lo han hecho cientos de predecesores? Pero, entonces… ¿de qué voy a hablarles?


Llegué a Colombia en marzo de 2013, hace ahora un año. En mi baúl —esto no es una metáfora, la organización humanitaria para la que trabajo nos fleta un baúl entre Suiza y el país de destino— llevaba un par de botas para caminar por la selva, una cantimplora de aluminio, pomada para las picaduras de mosquito y, como sin duda habrán adivinado, una copia de Cien años de soledad. Releer a Márquez en Colombia, máxime cuando uno viaja, charla con guerrilleros y militares, atiende a desplazados, se adentra en resguardos indígenas y pasea por la jungla, me llevó ineludiblemente a la siguiente conclusión: Cien años de soledad es, ante todo, le pese a quien le pese, una novela sobre lo real no imaginario. (Hace cosa de ocho meses escuché a un colega decir que lo primero de lo que uno se percata al trabajar en la Colombia rural es de que, al fin y al cabo, García Márquez no tenía tanta imaginación).

Sin ánimo exhaustivo, les dejo aquí algunos ejemplos.

Mariposas amarillas

Empiezo por la experiencia más increíble. Tan extraordinaria, que casi parece mágica, o mitico-legendaria, o, si me perdonan la blasfemia, milagrosa. Y, sin embargo, es completamente real:

Una noche de septiembre pernocté en un hotelucho del municipio de Ricaurte. Andaba metido, con Márquez entre las manos y mi linternita adosada a la frente, en el berenjenal de la compañía bananera, cuando los campesinos de Cien años de soledad deciden declararse en huelga contra la empresa que les explota —unos neoliberales de dos pares de… de eso. (O unos comunistas encubiertos, quién sabe). Márquez nos presenta a Mauricio Babilonia, un simpático aprendiz de mecánica al que siempre le preceden, vaya donde vaya, un sinfín de mariposas amarillas. Cool, ¿no? Y fabuloso. O eso creí en un principio. Sin embargo, a la mañana siguiente me monté en el Land Cruiser para bajar al río Vegas y me encontré con que tras cada curva del camino, no les engaño, se lo juro, una nube de mariposas amarillas surgía de la nada y revoloteaba en torno al vehículo, como queriendo colarse por las ventanillas, que por fortuna iban cerradas. Cuando llegué al destino y me bajé del coche, que aquí, ya lo sabrán, no es ni más ni menos que un carro, yo también, como Mauricio Babilona, anduve un buen rato rodeado de las susodichas mariposas. Ahí fue cuando empecé a sospechar que, a fin de cuentas, Cien años de soledad era quizás más real que imaginaria.

El diluvio

Recordarán que, de buenas a primeras, en Macondo se hincha a llover. Llueve durante años. La madera se pudre, los animales se mueren y los esposos no pueden ir a visitar a sus queridas. Pues bien, Márquez no tomó la idea de a Biblia. La tomó de Colombia, sin más. En doce meses, he vivido dos diluvios colombianos, sin parangón con nada que haya visto anteriormente: uno en Bogotá y otro en el municipio de Barbacoas, en el departamento de Nariño. Fueron dos auténticos aquí-te-pillo-aquí-te-mato de la Naturaleza.


Aguaceros de gotas gordas, qué digo, de chorros de agua cayendo del cielo a borbotones. Para colmo de males, ambos aguaceros, largos, largos, muuuyyyy larrrrgooosssssssss, me pillaron sin paraguas y en calles plagadas de pendientes. Un tercio de las ciudades colombianas están situadas en la Cordillera de los Andes o en el llamado pie de monte, dando lugar a cascos urbanos en eterna inclinación, à la Suiza, de modo que cuando caen estos aguaceros el problema no es solo el montón de agua que el cielo derrama en un punto concreto, sino el que cae al oeste de dicho punto, y al este, y al norte, y al sur, y que va acumulándose con el montón vecino, formando ríos torrenciales, mares municipales, océanos salidos de la nada. Son estos diluvios, no otros, los que inspiraron al Nobel colombiano.



Huelgas bananeras

Váyanse a Google y tecleen «Paro Agrario Colombia 2013». Si leen algo más que el artículo de Wikipedia, verán que Márquez no exageraba ni un ápice al describir las huelgas de la compañía bananera de Macondo. Más bien al contrario: se quedó corto.

Pueblos aislados, casonas derruidas, pescaditos de oro y un tesoro escondido

Para cualquier lector urbano, Macondo parece un juego de espejos en el que solo se reflejan quimeras. Los fundadores de la ciudad atravesaron la selva para instalarse, aquí, ya llegamos, en un enclave aislado y recóndito. No había caminos, ni carreteras, ni medio de transporte alguno. Se habla, a lo sumo, de una antigua ruta marítima que más de un personaje intenta encontrar en vano y cuyo único vestigio, ambiguo, traicionero, es el casco de un velero roído por los años. Entre la familia de los Buendía, habrá quien se empeñe en romper este aislamiento construyendo una estación de ferrocarril, e incluso quien sueñe con traer un avión desde Europa para principiar una ruta de tráfico aéreo. Sea como fuere, lo importante es que Macondo se encuentra incomunicado del resto del país. Esta suerte de misantropía urbana sostiene el aura de leyenda que nimba a sus habitantes. De ahí que nadie se extrañe de las telarañas que crecen en la casa de los Buendía, y que la pobre Úrsula, matriarca de la familia, se afana en limpiar cada sesenta o setenta página. De ahí que Macondo tenga tesoros ocultos, como ese saco de monedas que Úrsula esconde y nadie encuentra. De ahí que el mayor pasatiempo del coronel Aureliano Buendía, fabricar pescaditos de oro para luego fundirlos de nuevo, parezca tan acorde con el aire de retraimiento, de misterio, de leyenda, que se respira en Macondo.

Sin embargo, estos aires de leyenda no son más que una impostura. Lo que Márquez describe, por más que le resulte totalmente ajeno a un lector medio, de Bogotá o Medellín, de Cartagena o Cali, de Barcelona, de Madrid, de Tokyo, es el pan de cada día de millones de colombiano.

Antes les hablé de Barbacoas, el pueblecillo nariñense en el que he pasado buena parte del último año. Déjenme decirles algo más acerca de este rincón selvático:

Casco urbano de Barbacoas
Barbacoas está anclado en mitad del pie de monte costero, rodeado de una tupida vegetación en cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Solo hay dos formas de acceder al casco urbano: por agua, atravesando la bahía de Tumaco, remontando luego el río Patía y accediendo a través de él al río Telembí; o bien por una trocha sin pavimentar, enlodada e infestada de boquetes y culebras. La trocha tiene, en total, unos cincuenta kilómetros, pero se necesita un mínimo de cinco horas (10 km/h) para atravesarla. Solo los vehículos todoterreno se atreven con tamaño desafío. A menudo se quedan varados en el fango, una hora, dos, tres, hasta que un camión les saca a jalones con un cabrestante. En cuanto a la ruta fluvial, el paseo cuesta la friolera de 100.000 pesos (casi 50€), una fortuna para esta población rural y empobrecida.


Sucede que, pese a su aislamiento, Barbacoas, como Macondo, atrae a los inmigrantes. Aquí no vienen a recolectar plátano, sino a trabajar como peones en alguna de las muchas minas que pululan por la zona. Los ríos de Barbacoas son ricos en oro. De hecho, el escudo del municipio está envuelto en una franja dorada y coronado por un alcanofre, herramienta tradicional en la minería de aluvión.

En la práctica, Barbacoas, como Macondo, como tantos cascos urbanos de la Colombia rural, está totalmente aislado del resto del mundo. Medio siglo de conflicto armado han dificultado la construcción de infraestructuras y convertido a los campesinos de este país en esos misántropos forzosos de los que se habla en Cien años de soledad.

Cada vez que voy a Barbacoas, me alojo en el Hotel El Dorado. Junto a la puerta, en una tienducha de ventanas oxidadas, hay un orfebre ventrudo y casi ciego. Al igual que el coronel Aureliano Buendía, se pasa las horas batiendo sus minerales, puntillándolos y creando formas fantasiosas. Por la noche desaparece. Sospecho, aunque tal vez me equivoque, que se esconde en el interior de la tienda para refundir sus creaciones y empezar de nuevo al día siguiente.

Entre sus muchos sobrenombres, Barbacoas se conoce como «la ciudad de los pianos». Según la leyenda, quién sabe si será cierto, este casco urbano nariñense fue antaño una de los municipios más prósperos del sur de Colombia. Dicen que cada casa tenía un piano, importado desde Europa, y que el primer automóvil del país entró por el Pacífico, subiendo por el Patía, por el Telembí, hasta llegar al corazón de esta región minera. Para el recién llegado, todo suena a embuste, a fabula macondiana, hasta que empieza a toparse con imponentes casonas semi-derruidas, con decrépitas fachadas coloniales de madera, ornadas y llenas de detalles, que, a punto de hundirse sobre su propia vejez, atestiguan ese misterioso pasado de fertilidad y abundancia.

Orfebre barbacoano

Sin embargo, el paralelismo más sorprendente entre Macondo y Barbacoas no es su aislamiento, ni sus casonas derruidas y pobladas de telarañas, ni sus misteriosos orfebres callejeros, sino la leyenda de sus tesoros enterrados. Recuerdo sobre todo la historia de cierta familia de comerciantes sin nombre. Al parecer, la familia en cuestión habría sido extorsionada por grupos paramilitares —la zona es uno de los epicentros de ese conflicto que desangra a Colombia desde hace medio siglo—, quienes le habrían solicitado una «vacuna». Dispuesto a evitar que su fortuna cayese en manos de, cito la leyenda, «unos huevones», el pater familias enterró tres cofres con lingotes de oro en una finca de cacao a orillas del Telembí. Poco después, el señor y sus dos hijos, los únicos que conocían la ubicación exacta del tesoro, habrían sido asesinados por los paramilitares. Desde entonces, los barbacoanos cavan sin cesar, y sin éxito, en busca de esos tres cofres. Como en Cien años de soledad, donde un Buendía llena la casa de agujeros para encontrar el saco de monedas escondido por Úrsula, Barbacoas tiene sus propias riquezas ocultas, que contrastan con esas fachadas faltas de cal, con los postigos desvencijados, con el extravío de sus ciudadanos. En esto, como en casi todo, Macondo no es un mundo imaginario, sino el eco de rincones desconocidos para el común de los mortales, inaccesibles, pero tan auténticos como estas líneas.

Guerras de Macondo

Más que ninguna otra faceta de Cien años de soledad, el conflicto armado descrito por Márquez, pese a su supuesta hiperbolización, de batallas que se entrecruzan, de soldados amigos que se enemistan, de enemigos que se respetan, de líderes que desaparecen en el Caribe, que reaparecen, que vuelven a desaparecer, con sus fusilamientos, con sus civiles ora pasivos, ora belicosos, es un fidedigno reflejo de lo que ocurre en Colombia desde hace décadas.


En Macondo, la guerra es entre liberales y conservadores. Hoy, en Colombia, quienes se enfrentan entre sí son el Estado por un lado y una retahíla de grupos armados —con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, a la cabeza— por el otro. Curiosamente, al igual que en Cien años de soledad, el conflicto interno colombiano se inició por una disputa entre liberales y conservadores. No voy a contarles toda la historia —¡quién pudiera!—, pero quédense con que, en los años 1950, una serie de disturbios internos llevó al poder al Partido Conservador, que intentó estabilizar lo inestable, ensañándose con los miembros del Partido Liberal, lo cual, a su vez, llevó a estos últimos a retraerse a las áreas rurales y dar comienzo a la lucha armada. A partir de aquí, fueron surgiendo guerrillas de izquierda, como las FARC o el Ejército de Liberación Nacional (ELN), a las que con el paso del tiempo se enfrentarían no solo el Estado, sino también grupos paramilitares —en especial las autodefensas campesinas.

Necesitaría escribir la Historia de un deicidio belicoso para darles una idea de cómo los tejemanejes macondianos se asemejan a lo que lleva medio siglo ocurriendo en Colombia. Quédense con lo principal, lo que ya les he adelantado: que esas batallas eternas, que esa población que un día no le hace caso a la guerra y otro se alza en armas en defensa de tal o cual bando, que esos amigos que se enemistan y enemigos que se respetan, que esos combatientes que desaparecen para resurgir en un país vecino, que reaparecen, que vuelven a desaparecer, son, como casi todo en Cien años de soledad, hechos reales no imaginarios.

Tratado de Neerlandia

Y, desde luego, lo menos imaginario de toda la obra de Márquez es la forma en la que numerosos procesos de paz frustrados jalonan el interminable transcurso de las hostilidades. Hace ya décadas que los gobiernos colombianos, los de verdad, los no literarios, intentan firmar la paz con los grupos guerrilleros. Andrés Pastrana, Presidente de la República entre 1998 y 2002, llegó al extremo de poner en manos de la guerrilla un territorio del tamaño de Suiza, conocido como «zona de distensión», con el fin de fomentar los diálogos de paz. No obstante, más que distender la situación, aquel experimento facilitó el rearme de la guerrilla, algo que el sucesor de Pastrana, Álvaro Uribe, se esforzó con ahínco en corregir por medio de las armas.


Negociadores de las FARC en La Habana

A día de hoy, tras medio siglo de conflicto, Colombia atraviesa su mejor oportunidad para lograr la paz. Las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos llevan meses negociando en La Habana. Todo el mundo sabe que un eventual acuerdo no supondrá el fin de la violencia en Colombia, ya que la guerra no es solo la causa, sino también el efecto, de los pingües beneficios que se obtienen a través del narcotráfico y la minería ilegal. (Un negocio que probablemente será retomado por grupos emergentes en caso de que sea abandonado por sus actuales beneficiarios). De hecho, la supuesta desmovilización de los paramilitares en 2005, que más que una desmovilización fue una simple metamorfosis, pues los paramilitares pasaron a congregarse en las llamadas Bandas Criminales (BACRIM), son un ejemplo de cómo la paz puede ser solo una etapa hacia nuevas formas de violencia. Sin embargo, después de medio siglo de conflicto, las negociaciones auspiciadas por Santos son la única opción para que esa Colombia rural y macondiana se acerque poco a poco a un amago de normalidad.


En Cien años de soledad, las guerras de Macondo concluyen con la firma del Tratado de Neerlandia, entre cuyos compromisos se encuentra el pago de pensiones vitalicias a los antiguos combatientes. El gobierno que rige los designios de la Colombia macondiana decide violar el tratado y postergar indefinidamente el pago de las pensiones. Este incumplimiento, adelantado por Márquez en El coronel no tiene quien le escriba, parece no afectar demasiado a la estabilidad política del país. Eso es, claro está, parte del realismo mágico de Márquez. Los guerrilleros de carne y hueso, los reales, los no imaginarios, difícilmente serán tan sumisos si, como dicen en el sur de Colombia, el gobierno opta, en última instancia, por no «colaborarles». Queda por ver si el desenlace previsto por Márquez acaba convirtiéndose en otro ejemplo de lo real imaginario, o bien, como tantos aspectos de su obra, de lo real a secas.

JOSÉ SERRALVO

Recordatorio: La semana de Gabo

martes, 25 de febrero de 2014

Ya casi casi cerramos el mes de febrero, y aunque cuando os propusimos este homenaje aún faltaba mucho, cada vez estamos más cerca de celebrar el cumpleaños de Gabriel García Márquez.



Tenemos ya algunos inscritos, pero todavía estamos a tiempo de recibir más participantes. Recordad que no hace falta que leáis y reseñéis una novela. Gabo tiene colecciones de relatos, relatos sueltos, artículos periodísticos, memorias, ensayos, novelas cortas... Hay muchas cosas accesibles a todo tipo de lectores que no os llevarán mucho tiempo y que os permitirán descubrir el maravilloso mundo del premio Nobel colombiano.

Así que, os recordamos de nuevo las fechas de participación y los pasos a seguir:

Os proponemos que, durante una semana, a partir de la fecha del magno evento (del 6 al 12 de marzo de 2014), publiquemos un montón de reseñas de libros de Gabriel García Márquez. Todos aquellos que queráis participar, podéis hacerlo siguiendo tres sencillos pasos:

1. Decirnos en un comentario a esta entrada que queréis participar, y con qué libro lo haréis (poco a poco actualizaremos esta entrada con el listado de participantes y los libros elegidos).
2. Llevaros el banner a vuestro blog. Aquí tenéis el código:

<a target="_blank" href="https://imageshack.com/i/0rgbr1g"><img src="http://imageshack.com/a/img27/4636/gbr1.gif" border="0" /></a>


3. Publicar una entrada hablando de esta semana homenaje y enlazándola a este post.


También , si alguno de vosotros no tiene blog, puede participar también y nosotras le cederemos gustosamente el espacio para publicar su texto. Hasta el día 5 de marzo tenéis plazo para inscribiros.

¡¡Os esperamos!!


PARTICIPANTES

Rustis participa reseñando "Todos los cuentos".
Mustis participa reseñando "Crónica de una muerte anunciada"
Patricia Rubiera participa reseñando "El coronel no tiene quien le escriba"
José Serralvo participa reseñando "Cien años de soledad"
Pedro de El búho entre libros participa reseñando "El amor en los tiempos del cólera"

La semana de Gabo

jueves, 23 de enero de 2014

En "Rustis y Mustis leen" queremos comenzar a darle un poco más de vidilla a vuestro año lector. Nos gustan nuestras reseñas enfrentadas, las pequereseñas, hacer entrevistas y presentaros editoriales. Pero queremos más: inventarnos novedades y preparar sorpresas con las que todos podamos disfrutar. Y hoy, os traemos la primera de nuestras ideas, en la que esperamos que muchos colaboréis.

Os contamos un secreto a voces sobre Rustis: ella es una fanática de Gabriel García Márquez. Simplemente le adora. Como escritor, claro, que ya sabemos que el hombre a veces... Pero aquí lo que interesa es eso, que Gabo escribe como los ángeles. Y el caso es que, en uno de esos bucles del destino, a nuestro fufo mayor Marcos -gran reseñador conocido por todos vosotros- se le ocurrió una estupenda idea: nacer el mismo día del año que el premio Nobel colombiano. El 6 de marzo.

Así que, si lo juntamos todo, agitamos fuerte y con entusiasmo, sale lo que sale... nuestra última idea. Celebrar por todo lo alto en nuestro blog el cumpleaños número 87 de Gabo.



Os proponemos que, durante una semana, a partir de la fecha del magno evento (del 6 al 12 de marzo de 2014), publiquemos un montón de reseñas de libros de Gabriel García Márquez. Todos aquellos que queráis participar, podéis hacerlo siguiendo tres sencillos pasos:

1. Decirnos en un comentario a esta entrada que queréis participar, y con qué libro lo haréis (poco a poco actualizaremos esta entrada con el listado de participantes y los libros elegidos).
2. Llevaros el banner a vuestro blog. Aquí tenéis el código:

<a target="_blank" href="https://imageshack.com/i/0rgbr1g"><img src="http://imageshack.com/a/img27/4636/gbr1.gif" border="0" /></a>


3. Publicar una entrada hablando de esta semana homenaje y enlazándola a este post.




Al final de esa semana, recopilaremos todas las reseñas y las uniremos en un único post que dedicaremos con cariño a Gabriel García Márquez. Aunque sabemos que hay altas probabilidades de que nunca llegue a verlo. Pero... Por intentarlo que no quede, ¿no? ¡¡Nunca se sabe!!

Y entonces qué decís... ¿queréis participar?


PARTICIPANTES

Rustis participa reseñando "Todos los cuentos".
Mustis participa reseñando "Crónica de una muerte anunciada"
Patricia Rubiera participa reseñando "El coronel no tiene quien le escriba"
José Serralvo participa reseñando "Cien años de soledad"
Pedro de El búho entre libros participa reseñando "El amor en los tiempos del cólera"



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